LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Festejamos con alegría la gloriosa Asunción de María el mismo día en que se dedicó en Jerusalén una de las primeras iglesias erigidas en honor a la Madre de Dios (siglo V), el día 15 de agosto. Bajo el título de la Asunción celebramos la maravilla que obró Dios al hacer que la Inmaculada Madre de Dios «al final de su vida terrestre, fuera elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo", como definió el papa Pío XII (1950).
La Asunción de María es una derivación de su Maternidad divina: Dios "quiso que no conociera la corrupción del sepulcro la mujer que concibió en su seno al autor de la vida». De igual manera que la maternidad divina supuso una gracia para el mundo entero, así también su Asunción personal inicia la asunción de la humanidad a Dios. La mujer, cuya «figura portentosa aparecida en el cielo," vio San Juan, es a la vez María y la Iglesia: «figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada». María «es consuelo y esperanza del pueblo, todavía peregrino en la tierra» Al contemplar a María, que «triunfa con Cristo para siempre» , pedimos a Dios por su intercesión la gracia de «participar con ella de su misma gloria en el cielo» . Sabemos que, al igual que María, llevamos en nuestros cuerpos, que son templos del Espíritu Santo, el germen de la eternidad.

LITURGIA DE LA PALABRA

La lectura del texto del Apocalipsis, referente a la señal de la mujer anuncia en primer lugar el combate de la Iglesia contra las fuerzas del mal. La Iglesia ha triunfado sobre el pecado y sobre la muerte en María. San Pablo evoca a continuación la resurrección de Cristo y de los cristianos. Pero, entre éstos y Aquel, se encuentra María, la Madre de Cristo y la primogénita de los cristianos. Pasamos a escuchar seguidamente, en el evangelio, cantar a María: "El Poderoso ha hecho obras grandes por mi".

LECTURA DEL LIBRO DEL APOCALIPSIS 11. 19A; 12. 1-6A.10AB

Se abrieron las puertas del templo celeste de Dios y dentro de él se vio el arca de la Alianza. Hubo rayos y truenos y un terremoto: una tormenta formidable. Después apareció una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida del sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas. Estaba encinta, le llegó la hora y gritaba entre los espasmos del parto. Apareció otro portento en el cielo: un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas. Con la cola barrió del cielo un tercio de las estrellas, arrojándolas a la tierra. El dragón estaba enfrente de la mujer que iba a dar a luz, dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera. Dio a luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo llevaron junto al trono de Dios. Mientras tanto la mujer escapaba al desierto. Se oyó una gran voz en el cielo: "Ya llega la victoria, el poder y el reino de nuestro Dios, y el mando de su Mesías.»

SALMO RESPONSORIAL 44

R/ De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro.

Escucha, hija, mira: inclina el oído
olvida tu pueblo y la casa paterna.
Prendado está el rey de tu belleza,
póstrate ante él, que él es tu señor.

La traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

LECTURA DE LA 1ª CARTA DEL APÓSTOL S. PABLO A LOS CORINTIOS 15, 20-26

Hermanos: Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo como primicia después, cuando él vuelva. todos los cristianos, después, los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza. Cristo tiene que reinar hasta que Dios «haga de sus enemigos estrado de sus pies.» El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque dice la Escritura «Dios ha sometido todo bajo sus pies »

ALELUYA

Hoy es la Asunción de María:
Se alegra el ejercito de los ángeles

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 1, 39-56

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá, entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.» María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo. Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia para siempre.» María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.


Oración de los Fieles
Oremos, hermanos y hermanas, al Señor, que el día de hoy ha querido ensalzar a la Virgen María por encima de los coros de ángeles y santos, y pidámosle que escuche nuestra oración: Respondemos a cada petición:
Escúchanos, Señor.


Para que todos los hijos de la Iglesia, unidos a la gloriosa y santa madre de Dios, proclamen la grandeza del Señor y se alegren en Dios, su salvador, roguemos al Señor.

Para que la misericordia del Señor llegue a sus fieles de generación en generación, y todos los pueblos feliciten a aquélla en la cual Dios ha hecho obras grandes, roguemos al Señor.

Para que el Señor, con las proezas de su brazo, enaltezca a los humildes, colme de bienes a los pobres y auxilie a Israel, como lo había prometido a los antiguos padres, roguemos al Señor.

Para que Cristo, el Rey que ha coronado a María como reina, cuando entregue la creación al Padre, nos conceda a nosotros, como a María, la posesión del reino preparado desde la creación del mundo, roguemos al Señor.

Dios nuestro, que constituiste a la Madre de tu Hijo Madre y Reina nuestra; escucha nuestra oración y haz que, ayudados por la intercesión de María, participemos un día de felicidad eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.

Prefacio
La gloriosa Asunción de la Virgen María


El Señor esté con vosotros.
Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón.
Lo tenemos levantado hacia el Señor.
Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación,
darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno, por Cristo, Señor nuestro.
Porque hoy ha sido llevada al cielo la Virgen Madre de Dios,
figura y primicia de la Iglesia,
garantía de consuelo y esperanza para tu pueblo,
todavía peregrino en la tierra.
Con razón no permitiste, Señor,
que conociera la corrupción del sepulcro aquella que,
de un modo inefable, dio vida en su seno
y carne de su carne al autor de la vida, Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro.
Por eso, unidos a los ángeles, te aclamamos llenos de alegría:
Santo, Santo, Santo…

María exaltada a lo alto

Fue humana María. No fue diosa, ni inaccesible, ni distante de nosotros. Fue modelo de la nueva humanidad. Madre de la vida, creyente. Concebida desde el amor para amar.
Al oír eso deberíamos de invocarla, saludarla, bendecirla, pero sobretodo imitarla, comprometernos.
Celebrar a María no ha de reducirse a alabanzas, sino a compromisos y exigencias renovadas. Ella es la mujer doliente y perseguida, atravesada por la espada, cerca de la cruz de todas las cruces ella es también la mujer alegre, misionera, resucitada.
La que escucha y guarda la Palabra. Desprendida, despojada de toda idolatría, cantautora de los humildes y los hambrientos. Mujer libre, disponible, servidora de los hombres, esclava de Dios y del amor.
Hoy es exaltada a lo alto para que veamos la plenitud de la obra de Dios. Con ella se eleva y vibra nuestra esperanza.