JUEVES SANTO

 MISA CRISMAL

  En la mañana del jueves santo, el Obispo concelebra con cierto número de presbíteros, llegados de diversos puntos de la diócesis, una Misa, en el transcurso de la cual consagra el santo crisma que se usará para bautizar y confirmar durante la Noche pascual. junto con el crisma, el Obispo bendice también el óleo para la unción de los enfermos y, si es necesario, de los catecúmenos. Allí donde se juzgue difícil reunir a los presbíteros, diáconos y pueblo en torno al Obispo en la mañana del jueves santo, se puede anticipar la Misa crismal a otro día cercano a la Pascua.
El crisma, hecho de aceite mezclado con sustancias aromáticas, es el óleo que consagra, por excelencia, para Dios.
Al ser derramado sobre la cabeza del que va a ser bautizado con el agua, da a entender que el cristiano es ya «para siempre miembro de Jesucristo, sacerdote, profeta y rey».
En la Confirmación, el cristiano recibe, junto con la unción crismal sobre la frente, «la señal del Espíritu que se le confiere». Fuera de esos dos usos fundamentales, también se emplea el crisma en la ordenación de un obispo (unción de la cabeza) y en la de los sacerdotes (unción de las manos), así como en la dedicación de las iglesias y los altares.
Cada vez que se efectúa la unción crismal, se hace referen­cia al Señor Jesús, cuya  denominación de Cristo significa en griego «consagrado por la unción». Jesús no recibió la unción ritual que, bajo la Antigua Alianza, consagraba al sumo sacerdote, así como a los reyes y, a veces, a los profe­tas. Su consagración radica en su mismo ser de Dios hecho hombre . Al hacerse carne en el seno de María, la Palabra de Dios confirió a la humanidad de Jesús la unción divina que la convertía en el Sacerdote, el Profeta y el Rey de la Nueva Alianza, a la vez que otorgaba esa misma consagración a todos los miembros de su Cuerpo, a todo el pueblo de Dios.
Este es el motivo por el que Pablo VI ha querido hacer de la Misa crismal del jueves santo una fiesta del sacerdocio: sacerdocio de Cristo, que ofrece su sacrificio sobre el ara de la cruz e instituye su memorial en la última Cena; sacerdocio de los ministros a quienes Él llamó para continuar su obra, los obispos y presbíteros, a los que confió la misión de anunciar el Evangelio, conducir al pueblo y celebrar los sacramentos, con el poder exclusivo de celebrar su sacrificio y perdonar los pecados en su nombre‑; sacerdocio, en fin, del pueblo cristiano encargado también de dar a conocer a Jesucristo, de ser «en el mundo un fermento de santidad» y de «instaurar el Reino de Dios en el cumplimiento de sus trabajos temporales»

RITOS INICIALES  

ANTÍFONA DE ENTRADA                 Ap. 1, 6

Jesucristo nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Se dice «GIoria»

ORACIÓN COLECTA

Oh Dios, que por la unción del Espíritu Santo constituiste a tu Hijo Mesías y Señor, y a nosotros, miembros ,de su cuerpo, nos haces partícipes de su misma unción; ayúdanos a ser en el mundo testigos fieles de la reden­ción que ofreces a todos los hombres. Por nuestro Señor.

LITURGIA DE LA PALABRA  

En el evangelio Jesús se presenta como el Consagrado, el Cristo, haciendo suya la profecía mesiánica: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque El me ha ungido». La primera lectura sitúa la cita de Jesús en su contexto, a la vez que hace alusión al sacerdocio del pueblo de Dios: «Vos­otros os llamaréis “sacerdotes del Señor”. Seguidamente el Apocalipsis hace notar que Cristo, por medio de su sacrificio, hizo de nosotros un «Reino y Sacerdotes de Dios, su Padre».

LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS             61, 1‑3a.6a.8b‑9

El Señor me ha ungido y me ha enviado para dar la Buena Noticia a los que sufren, y para derramar sobre ellos perfume de fiesta

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido.
Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los que para vendar los corazones desgarrados, [sufren, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad; para proclamar el año de gracia del Señor, el día del desquite de nuestro Dios; para consolar a los afligidos, los afligidos de Sión; para cambiar su ceniza en corona, su traje de luto en perfume de fiesta, su abatimiento en cánticos.
Vosotros os llamaréis «Sacerdotes del Señor», dirán de vosotros: «Ministros de Nuestro Dios.»
Les daré su salario fielmente y haré con ellos un pacto perpetuo.
Su estirpe será célebre entre las naciones, y sus vástagos entre los pueblos.
Los que los vean reconocerán que son la estirpe que bendijo el Señor.

SALMO RESPONSORIAL 88

R/ Cantaré eternamente las misericordias del Señor.

Encontré a David mi siervo
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso.

Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán,
por mi nombre crecerá su poder.
El me invocará: «Tú eres mi Padre,
mi Dios, mi Roca salvadora.»

LECTURA DEL LIBRO DEL APOCALIPSIS 1,5‑8

Cristo nos ha convertido en su reino, y nos ha hecho sacerdotes de Dios, su Padre

Gracia y paz a vosotros de parte de Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito entre los fuertes, el Príncipe de los reyes de la tierra.
A aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados. Por su sangre, nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A Él la gloria y el Poder por los siglos de los siglos. Amén. Mirad: Él viene en las nubes. Todo Ojo lo verá, también los que lo atravesaron. Todo, los pueblos de la tierra se lamen­tarán por su causa. Sí. Amen.

Dice Dios: YO soy el Alfa Y la Omega, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso.

EVANGELIO             Is 61, 1

Aclamación 

El Espíritu del Señor está sobre mí.
Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los Pobres.

Lectura del santo Evangelio según San Lucas                        4, 16‑21

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido

En aquel tiempo fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura.
Le entregaron el Libro del Profeta Isaías Y desenro­llándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, Porque él me ha ungido.
Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista.
Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.» Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba, y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.»

RENOVACIÓN DE LAS PROMESAS SACERDOTALES

Acabada la homilía, el obispo dialoga con los presbíteros con estas o semejantes palabras:

Obispo:
Hijos amadísimos: En esta conmemoración anual del día en que Cristo confirió su sacerdocio a los Apóstoles y a nosotros, ¿queréis renovar las promesas que hicisteis un día ante vuestro obispo y ante el pueblo santo de Dios?

Sacerdotes:
Sí, quiero.

Obispo:
¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configura­ros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?

Sacerdotes:
Sí, quiero.

Obispo:
¿Deseáis permanecer como fieles dispensadores de los misterios de Dios en la celebración eucarística y en las demás acciones litúrgicas, y desempeñar fielmente el ministerio de la predicación como seguidores de Cristo, Cabeza y Pastor, sin pretender los bienes temporales, sino movidos únicamente por el celo de las almas?

Sacerdotes:
Sí, quiero.

Seguidamente, dirigiéndose al pueblo, prosigue el Obispo:

Y ahora vosotros, hijos muy queridos, orad por vuestros sacerdotes, para que el Señor derrame abundantemente sobre ellos sus bendiciones: que sean ministros fieles de Cristo Sumo Sacerdote, y os conduzcan a él, única fuente de salvación.

Pueblo:
Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.

Obispo:
Y rezad también por mí, para que sea fiel al ministerio apostólico confiado a mi humilde persona y sea imagen, cada vez más viva y perfecta, de Cristo Sacerdote, Buen Pastor, Maestro y Siervo de todos.

Pueblo:
Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.

Obispo:
El Señor nos guarde en su caridad y nos conduzca a todos, pastores y grey, a la vida eterna.

Todos:
Amén.

No se dice «Credo» ni oración de los fieles.

PROCESIÓN DE LAS OFRENDAS

Después de la renovación de las promesas sacerdotales, los diáconos y ministros designados para llevar los óleos, así como los fíeles que han de presentar sobre el altar el pan, el vino y el agua, van en su busca, y se los presentan al Obispo trayéndolos en procesión, mientras se entona un canto apropiado. Se presenta sucesivamente al Obispo el óleo para el santo crisma, el óleo de los enfermos y el de los catecúmenos, allá donde se use éste en el bautismo.

La bendición de los óleos y la consagración del crisma pue­den tener lugar bien inmediatamente, bien al final de la Plegaria eucarística para el óleo de los enfermos, y des­pués de la comunión los restantes.

Si el rito tiene lugar inmediatamente, el Obispo se aproxima junto con los sacerdotes concelebrantes a la mesa en donde se han colocado los vasos llenos de óleo.

Cuando llegan al altar o a la sede, el obispo recibe los dones. El diácono que lleva la vasija para el Santo Crisma se la presenta al obispo, diciendo en voz alta: Óleo para el santo crisma; el obispo la recibe y se la entrega a uno de los diáconos que le ayudan, el cual la coloca sobre la mesa que se ha preparado. Lo mismo hacen los que llevan las vasijas para el óleo de los enfermos y de los catecúme­nos. El primero dice: Óleo de los enfermos; el otro: Oteo de los catecúmenos. El obispo recibe ambas vasijas, y los ministros las colocan sobre la mesa que se ha preparado. La misa se desarrolla como en el rito de la concelebración, hasta el final de la plegaria eucarística, a no ser que todo el rito de la bendición se tenga inmediatamente. En este caso todo se dispone según se describirá más adelante.

LITURGIA EUCARÍSTICA

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Te pedimos, Señor que la eficacia de este sacrificio nos purifique del antiguo pecado, acreciente en nosotros la vida nueva y nos otorgue la plena salvación. Por Jesu­cristo nuestro Señor.

PREFACIO  

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno.
Que constituiste a tu único Hijo Pontífice de la Alian­za nueva y eterna
por la unción del Espíritu Santo, y determinaste, en tu designio salvífico,
perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio.
El no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano,
ha elegido a hombres de este pueblo, para que,
por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión.
Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención,
y preparan a tus hijos el banquete pascual,

donde el pueblo santo se reúne en tu amor,
se alimenta con tu palabra y se fortalece con tus sacramentos.
Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por ti
y por la salvación de los hermanos,
van configurándose a Cristo,
y así dan testimonio constante de fidelidad y amor.
Por eso, nosotros, Señor, con los ángeles y los santos
cantamos tu gloria diciendo:
 Santo...

BENDICIÓN DEL ÓLEO DE LOS ENFERMOS

Antes de que el obispo diga: «Por él sigues creando todos los bienes ... », en la plegaria eucarística, o antes de la doxología «Por Cristo, con él y en él», en las otras plegarias eucarísticas, el que llevó la vasija del óleo de los enfermos, la lleva cerca del altar y la sostiene delante del obispo, mientras bendice el óleo de los enfermos, diciendo esta oración:

Señor Dios, Padre de todo consuelo, que has querido sanar las dolencias de los enfermos por medio de tu Hijo: escucha con amor la oración de nuestra fe y derrama desde el cielo tu Espíritu Santo Paráclito sobre este óleo. Tú que has hecho que el leño verde del olivo produzca aceite abundante para vigor de nuestro cuerpo enriquece con tu bendición + este óleo para que cuan­tos sean ungidos con él sientan en su cuerpo y alma tu divina protección y experimenten alivio en sus enferme­dades y dolores. Que por tu acción, Señor, este aceite sea para nosotros óleo santo, en nombre de Jesucristo nuestro Señor, (Que vive y reina por los siglos de los siglos.  
Amén.

La conclusión «Que vive y reina» se dice solamente cuando la bendición se hace fuera de la plegaria eucarística.

Acabada la bendición, la vasija del óleo de los enfermos se lleva de nuevo a su lugar, y la misa prosigue hasta después de la comunión.

ANTÍFONA DE COMUNIÓN              Sal 88,‑2

Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Concédenos, Dios todopoderoso, que quienes han parti­cipado en tus sacramentos manifiesten en el mundo la presencia de Jesucristo. Que vive y reina.

BENDICIÓN DEL ÓLEO DE LOS CATECÚMENOS

Dicha la oración después de la comunión los ministros colo­can las vasijas con los óleos que se han de bendecir sobre una mesa que se ha dispuesto oportunamente en medio del presbiterio. El obispo, teniendo a ambos lados suyos a los presbíteros concelebrantes, que forman un semicírculo, y a los otros ministros detrás de él, procede a la bendición del óleo de los catecúmenos y a la consagración del crisma.

Estando todo dispuesto, el obispo, de pie y cara al pueblo, con las manos extendidas, dice la siguiente oración:

Señor Dios, fuerza y defensa de tu pueblo, que has hecho del aceite un símbolo de vigor, dígnate bendecir >+< este óleo y concede tu fortaleza a los catecúmenos que han de ser ungidos con él, para que al aumentar en ellos el conocimiento de las realidades divinas y la valentía en el combate de la fe ' vivan más hondamente el evangelio de Cristo, emprendan animosos la tarea cristiana, y admitidos entre tus hijos de adopción, gocen de la alegría de sentirse renacidos y de formar parte de la Iglesia. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.

CONSAGRACIÓN DEL CRISMA

Seguidamente el obispo derrama los aromas sobre el óleo y hace el crisma en silencio, a no ser que ya estuviese pre­parado de antemano. Una vez hecho esto, dice la siguiente invitación a orar:

Hermanos: pidamos a Dios Padre todopoderoso que se digne bendecir y santificar este ungüento para que aquellos, cuyos cuerpos van a ser ungidos con él, sientan interiormente la unción de la bondad divina y sean dignos de los frutos de la redención.

Entonces el obispo, oportunamente, sopla sobre la boca de la vasija del crisma, y con las manos extendidas dice una de las siguientes oraciones de consagración:

Señor, autor de todo crecimiento y de todo progreso espiritual: recibe complacido la acción de gracias que gozosamente, por nuestro medio, te dirige la Iglesia. Al principio del mundo, tú mandaste que de la tierra brotasen árboles que dieran fruto, y entre ellos, el olivo que ahora nos suministra el aceite con el que hemos preparado el santo crisma.
Ya David, en los tiempos antiguos, previendo con espí­ritu profético los sacramentos que tu amor instituiría en favor de los hombres, nos invitaba a ungir nuestros rostros con óleo en señal de alegría.

También, cuando en los días del diluvio las aguas puri­ficaron de pecado la tierra, una paloma, signo de la gracia futura, anunció con un ramo de olivo la restau­ración de la paz entre los hombres.

Y en los últimos tiempos, el símbolo de la unción alcan­zó su plenitud: después que el agua bautismal lava los pecados, el óleo santo consagra nuestros cuerpos y da paz y alegría a
nuestros rostros.
Por eso, Señor, tú mandaste a tu siervo Moisés que, tras purificar en el agua a su hermano Aarón, lo consa­grase sacerdote con la unción de este óleo.
Todavía alcanzó la unción mayor grandeza cuando tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, después de ser bautizado por Juan en el Jordán, recibió el Espíritu Santo en forma de paloma y se oyó tu voz declarando que él era tu Hijo, el Alnado, en quien te complacías plenamente.
De este modo se hizo manifiesto que David ya hablaba de Cristo cuando dijo: «El Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo entre todos tus compañeros».

Todos los concelebrantes, en silencio, extienden la mano derecha hacia el crisma, y la mantienen así hasta el final de la oración.

A la vista de tantas maravillas, te pedimos, Señor, que te dignes santificar con tu bendición + este óleo y que, con la cooperación de Cristo, tu Hijo, de cuyo nombre le viene a este óleo el nombre de crisma, infundas en él la fuerza del Espíritu Santo con la que ungiste a sacerdotes, reyes, profetas y mártires y hagas que este crisma sea sacramento de la plenitud de la vida cristiana para todos los que van a ser renovados por el baño espiritual del bautismo.
Haz que los consagrados por esta unción, libres del pecado en que nacieron, y convertidos en templo de tu divina presencia, exhalen el perfume de una vida santa; que, fíeles al sentido de la unción, vivan según su con­dición de reyes, sacerdotes y profetas y que este óleo sea para
cuantos renazcan del agua y del Espíritu Santo, crisma de salvación, les haga partícipes de la vida eterna y herederos de la gloria celestial. Por Jesucristo...  
Amén.

o bien esta oración:

Señor Dios, fuente de la vida y autor de los sacramen­tos: te damos gracias porque en tu bondad inefable anunciaste en la Antigua Alianza el misterio de la santificación por la unción con el óleo, y lo llevaste a plenitud, al llegar los últimos tiempos, en Cristo, tu Hijo amado; pues cuando Cristo, nuestro Señor, salvó al mundo por el misterio pascual, quiso derramar sobre la Iglesia la abundancia del Espíritu Santo y la enriqueció con sus dones celestiales, para que en el mundo se realizase plenamente, por medio de la Iglesia, la obra de la salvación. Por eso, Señor, en el sacramento del crisma concedes a los hombres el tesoro de tus gracias y haces que tus hijos renacidos por el agua bautismal reciban fortaleza en la unción del Espíritu Santo y, hechos a imagen de Cristo, tu Ojo, participen de su misión profética, sacerdotal y real.

Todos los concelebrantes, en silencio, extienden la mano derecha hacia el crisma, y la mantienen así hasta el final de la oración.

Por tanto, te pedimos, Señor, que mediante el poder de tu gracia hagas que esta mezcla de aceite y perfume sea para nosotros instrumento y signo de tus + bendiciones; derrama sobre nuestros hermanos, cuando sean ungidos con este crisma, la abundancia de los dones del Espíritu Santo, y que los lugares y objetos consagrados por este óleo sean para tu pueblo motivo de santificación. Pero ante todo, Señor, te suplicamos que por medio del sacramento del crisma hagas crecer a tu Iglesia en el número y santidad de sus hijos, hasta que, según la medida de Cristo, alcance aquella plenitud en la que tú, en el esplendor de tu gloria, junto con tu Hijo y en la unidad del Espíritu Santo, lo serás todo en todos por los siglos de los siglos.  
Amén.

Cuando todo el rito de la bendición de los óleos se realiza después de la liturgia de la Palabra, acabada la oración de los fieles, el obispo con los concelebrantes se acerca a la mesa donde se va a tener la bendición del óleo de los cate­cúmenos y del óleo de los enfermos, y la consagración del crisma. Todo se hace según se ha escrito más arriba.

Dada la bendición conclusiva de la misa, el obispo pone incienso en el incensario y se organiza la procesión hacia la sacristía.

Los óleos bendecidos son llevados por sus ministros inmediatamente después de la cruz. La «schola» o el pueblo can­tan algunos versos del himno «0 Redemptor» u otro canto apropiado.

EUCARISTÍA VESPERTINA

Jesucristo entró en su Pasión, tomando parte, junto con los suyos, el banquete pascual, en el que el pueblo judío celebraba su liberación del opresor y la alianza con Dios. Pero Cristo quiso que ese banquete fuera el de la nueva alianza sellada con su sangre. Por eso instituyó, bajo las formas de pan fraccionado y de vino compartido por todos convertidos en su cuerpo y sangre‑ el memorial del sacri­ficio que había de ofrecer al día siguiente sobre la cruz. En cada misa renovamos el banquete del Señor en memoria suya, recordando su pasión, la espera de su venida y el gozo de su presencia. Mas el jueves santo, la evocación alcanza una mayor intensidad. La misa vespertina de este día, que congrega al pueblo, es una misa concelebrada por todos los sacerdotes de la parroquia, a fin de manifestar la unidad del sacerdocio. Después de la homilía, el que preside repite ‑en la mayor parte de los casos‑ el gesto que realizó el Señor al lavar los pies de doce fieles. Dentro de ese mismo marco, en esa hora, el arrodillarse del sacerdote ante su hermano da a entender mejor que ningún sermón que el sacerdocio es un servicio. Concluida la misa, puede cada uno adentrarse, por medio de la adoración silenciosa del Santísimo Sacramento, en las confidencias postreras que el Señor hizo a los suyos antes de salir hacia el huerto de Getsemaní, especialmente en su mandamiento supremo: «Amaos los unos a los otros, como yo os he amado».

Con la Eucaristía de esta tarde inauguramos el TRIDUO PASCUAL, que estará formado por el Viernes, el Sábado y el Domingo.
En este Tríduo celebramos el misterio central de todo el año para los cristianos: la muerte y resurrección de Jesús, su Pascua, su "paso a través de la muerte a la nueva existencia.
Como Jesús, antes de ir a la Cruz, el Viernes, quiso anticipar sacramentalmente su entrega en la Ultima Cena, con la acción simbólica del Pan y el Vino, así nosotros iniciamos nuestra sintonía con la Pascua de Cristo celebrando su donación eucarística
.

 Hoy celebramos

La institución de la Eucaristía,
el mandato de la caridad fraterna,
el origen del sacerdocio,
pero, sobre todo miramos, al celebrar esta Eucaristía, a la Muerte y Resurrección del Señor. El Cuerpo y Sangre de Cristo que hoy recibimos son el mismo Señor que se entregó en la Cruz y que resucitó del sepulcro a una Vida Nueva.

1. EL RITO DE ENTRADA

Hoy cantamos festivamente el Gloria a Dios en el cielo, que volveremos a entonar, todavía más gozosamente, en la Noche de Pascua, en la Eucaristía de la Vigilia.
El sacerdote concluye esta entrada con la oración: "...nos has convocado esta tarde para celebrar aquella misma memorable Cena en que tu Hijo, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la alianza eterna...".

ANTÍFONA DE ENTRADA                 Gal 6, 14

Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en él está nuestra salvación, vida y resurrección, él nos ha salvado y libertado.

Se dice el «Gloria».

Mientras se canta, se pulsan las campanas, que ya no se vuelven a tocar hasta la Vigilia Pascual.

ORACIÓN COLECTA

Señor Dios nuestro, nos has convocado hoy (esta tarde) para celebrar aquella misma memorable Cena en que tu Hijo, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la Alian­za eterna; te pedimos que la celebración de estos santos misterios nos lleve a alcanzar plenitud de amor y de vida. Por nuestro Señor.

 2. LITURGIA DE LA PALABRA

La primera lectura nos narra la comida del cordero por parte de los judíos, al comienzo de la noche de su liberación. Ese era el acontecimiento que conmemoraba el banquete pascual tomado por Jesús con sus discípulos. Pero el Señor había de otorgarle un nuevo sentido, como Muestra San Pablo en la más antigua narración que ha llegado hasta nosotros de la institución de la Eucaristía. Seguidamente, San Juan evocará, en el evangelio, la gran lección de humildad y servicio que Jesús quiso unir a su memorial.
Éxodo 12: la cena pascual para los judíos, antes de salir de Egipto, y el cordero que inmolaron para marcar con su sangre las puertas de sus casas, son figura del Cordero verdadero, Cristo Jesús, y de la cena de despedida que él celebró con los suyos.

Lectura del libro del Éxodo 12, 1-8. 11-14

En aquellos días, dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto: «Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año. Di a toda la asamblea de Israel: el diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino de casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo. Será un animal sin defecto, macho, de un año, cordero o cabrito. Lo guardaréis hasta el día catorce del mes y toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido. Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, y comeréis panes sin fermentar y verduras amargas.
Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor. Yo pasaré esa noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos del país de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo, el Señor. La sangre será vuestra señal en las casas donde habitáis. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora, cuando yo hiera al país de Egipto."
«Ese será un día - memorable para vosotros y lo celebraréis como fiesta en honor del Señor, de generación en generación. Decretaréis que sea fiesta Para siempre.»

El salmo de meditación nos hace decir: "el cáliz de la bendición es comunión con la Sangre de Cristo";

R/ El cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo.

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo
hijo de tu esclava
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.


Pablo nos dice el sentido nuevo que Jesús dio a esta cena pascual: ya no va a ser memorial de la liberación de Egipto, como para los judíos, sino el memorial de la Pascua de Jesús, de su muerte y resurrección.
 

Lectura de la 1ª carta del apóstol S. Pablo a los Corintios. 11. 23-26

Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con la copa, después de cenar, diciendo: «Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía.» Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

En la cena de despedida Jesús hizo el gesto expresivo y aleccionador del lavatorio de los pies; y nos encargó -sobre todo a los que ejercen el ministerio de la autoridad - "haced vosotros otro tanto: lavaos los pies los unos a los otros".

Lectura del santo Evangelio según San Juan 13,1-19

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
Estaban cenando ( ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara) y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro y éste le dijo: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?". Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.» Pedro le dijo: «No me lavarás los pies jamás.»
Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.» Simón Pedro le dijo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.» Jesús le dijo: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.» (Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.)
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «El Maestro» y «El Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.»

LAVATORIO DE LOS PIES 

Después de la homilía, en la que se exponen los grandes misterios que se recuerdan en esta misa, a saber: la institución de la Sagrada Eucaristía y del orden sacerdotal y el mandato del Señor sobre la caridad fraterna, tiene lugar ‑allí donde lo aconseje el bien pastoral  el lavatorio de los pies.
Los ministros invitan a los varones designados a que ocupen los asientos que se han preparado en un lugar apto, donde fácilmente el rito sea visible a los fieles. Entonces el celebrante se acerca a cada uno, echa agua sobre sus pies y se los seca.
Mientras tanto se canta alguna de las siguientes antífonas u otros cantos apropiados.

ANTÍFONA 1                        Jn 13, 4.5.15

El Señor, después de levantarse de la Cena, echó agua en la jofaina y se puso a lavar los pies a los discípulos. Este fue el ejemplo que les dejó.

ANTÍFONA 2                                    Jn 13, 6.7.8

«Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?» Jesús le replicó: «Si no te lavo a ti los pies, no tienes nada que ver conmigo».
Llega a Simón Pedro y éste le dice:
«Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.»
«Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?»

ANTÍFONA 3                        Jn 13, 14

Si yo, el Maestro Y el Señor, os he lavado los pies, cuánto más vosotros debéis lavaros los pies unos a otros.

ANTÍFONA 4                        Jn 13, 35

En esto conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros.
Dijo Jesús a sus discípulos: «En esto conocerán todos ... ».

ANTÍFONA 5                        Jn 13, 34

Os doy el mandato nuevo: que os améis mutuamente como yo os he amado, dice el Señor.

ANTÍFONA 6                        1 Cor. 13, 13

Permanezcan en vosotros la fe, la esperanza, el amor, de estas tres: la más grande es el amor. Ahora quedan la fe, la esperanza, el amor, estas tres: la más grande es el amor. Permanezcan en vosotros..

Inmediatamente después del lavatorio de los pies o, si éste no ha tenido lugar, después de la homilía, se hace la oración de los fieles. En esta misa no hay «Credo».

 3. LITURGIA EUCARÍSTICA

La celebración eucarística tiene hoy algunos aspectos que se pueden subrayar por ser Jueves Santo e inaugurar la Pascua.

En la procesión de los dones llevamos más expresivamente hoy al altar el Pan y el Vino para la comunión de hoy y la de mañana, conmemorando la Institución de este sacramento en el que Jesús se nos da como Alimento y Bebida; y también podemos llevar los donativos que hayamos recogido para los pobres, sobre todo si los hemos ahorrado con esta intención a lo largo de la Cuaresma, como fruto de nuestra penitencia o ayuno; la caridad fraterna pertenece a la misma esencia de la Eucaristía; el sacerdote, en el prefacio de la plegaria eucarística, da gracias a Dios porque Jesús al instituir el sacerdocio de la eterna alianza, se ofreció a si mismo como víctima de salvación y nos mandó perpetuar esta ofrenda en conmemoración suya. Su carne, inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece, su sangre, derramada por nosotros, es bebida que nos purifica..."; hoy es uno de los días en que más sentido tiene que comulguemos bajo las dos especies del Pan y del Vino, participando así más expresivamente del Sacrificio pascual de Cristo en la Cruz.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Concédenos, Señor, participar dignamente en estos san­tos misterios, pues cada vez que celebramos este memo­rial de la muerte de tu Hijo, se realízala obra de nuestra redención. Por Jesucristo.

Prefacio de la Santísima Eucaristía I, p. 447.

 Cuando se emplea el Canon Romano, se dice «Communicantes», «Hanc igitur» y «Qui pridie» propios, siguientes:

Reunidos en comunión para celebrar el día santo en que nuestro Señor Jesucristo fue entregado por nosotros, veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor; la de su esposo, San José; la de los santos apóstoles y mártires Pedro, Pablo, Andrés, [ Santiago y Juan, Tomás, Santiago, Felipe, Bartolomé, Mateo, Simón y Tadeo; Lino, Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio, Cipriano, Lorenzo, Crisógono, Cosme y Damián, ] y la de todos los santos; por sus méritos y oraciones concédenos en todo tu protección. [ Por Cristo nuestro Señor. Amén.

 Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, que te presentamos en el día mismo en que nuestro Señor Jesucristo encomendó a sus discípulos la celebración de los misterios de su Cuerpo y de su Sangre; ordena en tu paz nuestros días; líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos. [ Por Cristo nuestro Señor. Amén.

 Bendice y acepta, ¡oh Padre!, esta ofrenda haciéndola espiritual, para que sea cuerpo y sangre de tu Hijo amado, Jesucristo, nuestro Señor.

El cual, hoy, la víspera de padecer por nuestra salvación y la de todos los hombres, tornó pan en sus santas y venerables manos, y, elevando los ojos al cielo, hacia ti, Dios Padre suyo todopoderoso, dándote gracias y bendiciendo, lo partió, lo dio a sus discípulos y dijo:

TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS.

 Lo restante, como en el Canon Romano, P. 382.

 ANTÍFONA DE COMUNIÓN              1 Cor. 11, 24‑25

 Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Esta copa es la nueva alianza sellada con m¡ sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía. 

Acabada la distribución de la comunión, se deja sobre el altar la patena o copón que contiene el pan consagrado para la comunión del día siguiente. La misa acaba con la oración después de la comunión.

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Señor, Dios todopoderoso, te pedimos que quienes hemos celebrado aquí en la tierra la cena instituida por tu Hijo, podamos reunirnos también un día en el ban­quete de tu reino. Por Jesucristo.

TRASLADO DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

 4. TRASLADO Y ADORACIÓN DEL SANTÍSIMO 

La Eucaristía de hoy termina de una manera diferente: se "reserva", o sea, se guarda en el sagrario Pan consagrado para la comunión de mañana.
Como el Viernes Santo no celebramos la Eucaristía, pero si comulgamos, hoy el sacerdote consagra más cantidad de Pan, para que alcance a la comunión de mañana.
Después de la oración poscomunión, se organiza una sencilla pero expresiva procesión desde el altar hasta el lugar de la reserva, con cantos eucarísticos e incienso.
Y así se da inicio a unas horas de adoración a la Eucaristía.
Esta tarde-noche es una buena ocasión para que dediquemos un tiempo de oración y meditación, dando gracias a Cristo por este sacramento eucarístico en el que él ha querido hacerse alimento para nosotros.
Cada vez que celebramos la misa, guardamos Pan eucarístico para los enfermos, sobre todo para el viático de los moribundos, o para los que no pueden acudir a la celebración y quieren comulgar. Lo guardamos en el sagrario, que se convierte as( en punto de referencia de nuestra oración y de nuestro agradecimiento a Cristo.

Hoy, Jueves Santo, todavía con más motivo. Por eso, personalmente o por grupos, las horas que quedan hasta la medianoche -a partir de esa hora, que ya es Viernes, la centralidad la tendrá la Cruz de Cristo - hacemos oración ante el sagrario.