La fiesta de
Pascua no es flor de un día. La celebramos durante cincuenta días. O, dicho de otro
modo, durante ocho domingos.
Pero durante el tiempo pascual no celebramos sólo que Jesús entonces - resucitó. Celebramos mucho más: que Jesús vive para siempre en la gloria del Padre y que vive - gracias a su Espíritu - entre nosotros.
Es lo que Jesús resucitado dijo a sus discípulos: "Recibid el Espíritu Santo". El Espíritu, luz y fuerza de Dios, es quien hace posible que continúe vivo Jesús entre nosotros. Vivo y comunicativo en la misa, en los sacramentos, en su Palabra, en el amor de cada dia, en la esperanza que nos impulsa a construir su Reino entre los hombres y mujeres, ahora y aquí.
Por eso, el tiempo de Pascua es el tiempo del Espíritu Santo. No sólo en la fiesta final de Pentecostés. Sino todo él. Tiempo del Espíritu, tiempo del sacramento de la confirmación, tiempo de esperanza.
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Cincuenta días después de haber comido
la Pascua, el pueblo día celebraba, en el día de Pentecostés (palabra que en
griego significa cincuenta), la fiesta de las semanas, que señalaba el comienzo de la
cosecha de trigo, y a la cual, por el tiempo de Jesús, se había asociado el recuerdo de
la promulgación de la Ley sobre el Sinaí. Fue el día de Pentecostés cuando Jesús
envió al Espíritu Santo sobre sus discípulos, según la promesa que les había hecho.
Muy pronto los cristianos celebraron los cincuenta días que separan la Resurrección de
Pentecostés con gozo y alegría, como si fuera un solo día de fiesta, o, mejor, como
«un gran domingo» (San Atanasio) Con la idea de recalcar ese carácter de solemnidad,
los domingos de este tiempo se llaman «domingos de Pascua», en la misa de la víspera de
Pentecostés recordamos que el Señor «ha querido que la celebración de la Pascua
acabase el día de Pentecostés».
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Además de la presencia del cirio
pascual, que brilla junto al ambón en todas las celebraciones, la característica
principal del tiempo pascual consiste en la repetición del canto del Aleluya
aclamación esta que, en lengua hebrea quiere decir «Alabad a Dios» y que resuena en el
Apocalipsis como himno de los redimidos . Es que los cincuenta días de la
celebración pascual son un anticipo de la felicidad del cielo, «del tiempo del gozo que
vendrá pronto, del tiempo del descanso, la felicidad y la vida eterna» (San Agustín)
Hoy, cantamos el «aleluya del camino>>, mañana será el «aleluya de la patria».
Hoy, lo cantamos «no para hacer grato nuestro reposo, sino para aliviar nuestra carga»,
dice también San Agustín, antes de concluir: «Canta, como acostumbra a hacerlo el
viajero. Canta, pero camina; alivia tu fatiga al cantar, pero guárdate de la pereza.
Canta y camina.» A los cuarenta días de la Resurrección, la fiesta de la Ascensión del
Señor no supone ruptura alguna en la celebración de la Pascua Es una mirada de creciente
admiración hacia el cielo y una apertura de los corazones en la espera del Espíritu.
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