Pobre
indio azteca que vivía cerca de la Ciudad de México, Juan Diego tenía cincuenta y siete
años de edad cuando se le apareció la Virgen María. Cuando el obispo local no quiso
creer la historia, Nuestra Señora dijo a Juan que subiera a lo alto de una colina y
reuniera las rosas que allí crecían. Pese a ser invierno, Juan hizo como se le dijo y
recogió las flores. Cuando abrió su manto para mostrar las rosas al obispo, apareció
también una imagen de María de tamaño natural. El manto de Juan Diego, junto con la
imagen de María, todavía cuelgan en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.
Cuando Nuestra Señora habló con Juan Diego, le dijo: «No dejes que nada te preocupe, y
no tengas miedo de enfermedad, dolor o accidente alguno.»
Todos nos preocupamos por la enfermedad, el dolor y los accidentes, pero el mensaje de los
santos a lo largo de las edades ha sido siempre: «No te preocupes.» Desde la oración de
Juliana de Norvich: «Todo estará bien y todo estará bien y todo tipo de cosas estarán
bien», hasta la confianza total de la Madre Teresa de Calcuta en la provisión de Dios
(«Donde hay gran amor, hay siempre grandes milagros»), los santos nos dicen que a pesar
de las apariencias externas, no tenemos nada que temer.
El temor y la preocupación corroen las fronteras de nuestra paz, destruyendo nuestra
confianza y compostura. Sólo cuando los reemplazamos por la confianza de que todo se
está desenvolviendo según el plan divino, seremos capaces de experimentar la serenidad
que debemos tener. Como Jesús mismo dijo: "No permitáis que vuestros corazones se
preocupen. Confiad en Dios y confiad en mí.»
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Es la
gran mártir de Toledo durante la persecución de Diocleciano. Y la patrona de esta
capital de la España visigótica.
La liturgia toledana, tanto la visigótica como la mozárabe, la exaltan en un latín
cincelado: "Tú eres nuestra ínclita conciudadana, nuestra Patrona nativa.
"
Toledo quiso dedicarle tres templos que recordasen su nacimiento, su prisión y su
sepultura.
Este último, basílica de la Corte desde el año 619, fue la sede de cuatro Concilios
toledanos; el cuarto, quinto y sexto, y también el decimoséptimo. Ante su tumba oraban
el emperador Recesvinto y el arzobispo San Ildefonso. Allí serían enterrados San Eugenio
III y San Ildefonso.
La liturgia de Toledo se recreaba cada año en su fiesta antigua del 9 de
diciembre:"Fue
atormentada, confesó, la atormentaron, y Dios le dio la corona". Gloriémonos todos
fielmente, celebrando este natalicio triunfal; demos gracias a Dios, que es quien ha
vencido en esta virgen generosa. Por su gracia, el ánimo varonil de una mujer despreció
todos los tormentos. Bien podía reírse de las amenazas del perseguidor la que, en el
palacio de su alma, gozaba de la presencia del Salvador. Defendida en su corazón con el
auxilio del invicto Rey, vencía generosamente las torturas del tirano. Señor, que nos
veamos libres de la cárcel eterna, por el patrocinio de quien, por confesar vuestro
nombre, sufrió la cárcel y la muerte: vuestra virgen y mártir Leocadia.
Otros Santos: Valeria, Gorgonia, vírgenes; Pedro, Suceso, Restituto, Basiano, Primitivo, mártires; Siro, Julián, Suceso y Próculo, obispos; Cipriano, abad; Vulfilda, abadesa; Pedro Fourier, presbítero; Beato Bernardo María de Jesús, religioso.
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