6 DE AGOSTO
LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR
Cuarenta días antes de la Exaltación de la santa Cruz,
celebramos la Transfiguración del Señor la fiesta era ya conocida en Oriente desde el
siglo V.
La liturgia evocaba ya, el segundo domingo de Cuaresma, la Transfiguración, que se
asemeja en más de un detalle al Bautismo del Señor. la nube que envuelve a Jesús, la
voz del Padre que le señala como a su Hijo Amado son una repetición de la manifestación
del jordán. Aquí se añade la presencia de Moisés y Elías, como aportación del
testimonio de la Ley y los Profetas, de los que Jesús dirá más tarde que habían
profetizado su muerte y resurrección (Lc 24, 26-27). Ahora bien, la finalidad de la
Transfiguración era precisamente el «fortalecer la fe de los Apóstoles, para que
sobrellevasen el escándalo de la cruz». Mas la Transfiguración, al igual que el
Bautismo, es también un adelanto de la «perfecta adopción» que convertirá a todos los
creyentes en hijos de Dios y coherederos con Cristo, Jesús «alentó la esperanza de la
Iglesia al revelar en sí mismo la claridad que brillará un día en todo el cuerpo» de
la Iglesia, cuando se manifiesto en su gloria. La visión ofrecida a los Apóstoles
contiene las primicias de aquélla en la que «Ve a Cristo tal cual es». La Eucaristía
nos prepara, ya desde ahora, a «transformarnos en la imagen del Hijo, cuya gloria nos ha
manifestado».
Algunos Santos Padres aportan una
curiosa interpretación a la Transfiguración. Jesús, dicen, siempre estaba
transfigurado, su divinidad irradiaba siempre a través de la envoltura de la naturaleza
humana, su rostro siempre estaba resplandeciente--"ese halo luminoso que despiden las
almas más santas"--, pero los discípulos, enredados en problemas de preeminencias,
enfrascados en pequeños detalles, mezclados entre las multitudes, entretenidos en
pequeñas cosas, no podían vislumbrar el brillo del rostro de Jesús.
Bastó que dejaran el espesor del valle, que subieran a la montaña, que dejaran aparte
sus minúsculas preocupaciones, que se purificaran los ojos, que miraran más fijamente,
sin estorbos, al rostro de Jesús, para que descubrieran el fulgor de su mirada, el rostro
siempre radiante de Jesús.
Dice un autor que si el hombre mirara con frecuencia al cielo, acabarían naciéndole
alas. Y otro más prosaico afirma que al que sólo mira al suelo le salen cuatro patas.
Pero Dios nos dio los ojos para mirar a lo alto.
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Aparte
del hecho de que era viudo cuando fue elegido papa, y de que su hijo, San Silverio,
también fue papa, no sabemos demasiado acerca de San Hormisdas. Sabemos que odiaba las
disputas, dado que reprendió a unos monjes africanos por sus riñas.OTROS SANTOS: Esteban de Cardeña, abad; Cuarto, Felicísimo, Agapito, Jenaro, mártires; Santiago, Ermitaño.
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