9 DE
ENERO
SAN ANDRÉS CORSINI 1301-1374

Un mozo florentino de noble familia - que dio
papas la Cristiandad -era
popular en Florencia por sus disipadas costumbres. Iracundo, dilapidador, dado al juego,
la caza y a los amoríos, todo un ejemplo de vida irregular borrascosa que, dicen, ya se
había anunciado en sueño a su madre, Monna Peregrina, quien antes de nacer él soñó
que daba a luz a un lobo.
En su sueño el lobo se trocaba en cordero ante el convento de los carmelitas de
Florencia, donde ella solía orar, así fue: el hijo descarriado, después de una
discusión familiar se convirtió fulminantemente al entrar en el convento, y aquel trueno
pasó a ser el fraile más humilde manso de la ciudad, que iba a pedir limosna por las
calle en medio de las burlas de sus antiguos compañeros. La primera noticia
histórica que poseemos de él se remonta al 3 de agosto de 1338 en una carta en la que se
le nombra ocupando el decimoctavo lugar entre la lista de los cincuenta religiosos del
Convento carmelitano de Florencia.
Sabemos que fue consejero de
su Provincia y bachiller y profesor en algunos conventos hasta que asistió el Capítulo
general celebrado en Metz en el que fue nombrado Provincial de su Provincia. Era el 1348
cuando estaba en todo su furor la tristemente famosa Peste Negra que tantos miles de
víctimas llevó al sepulcro. Mucho hubo de sufrir durante estos años.
El 13 de octubre de 1349 el Papa
Clemente VI lo nombró Obispo de Fiésole. En su sepulcro se dice: "Fue arrebatado
desde el Carmelo a la iglesia y a la mitra fiesolana". Una vez que tomó posesión de
su sede, continuó llevando una vida muy austera y siempre llevó el hábito de la Orden.
Redujo el número de sus sirvientes y mandó que la comida fuera muy frugal y la misma
para todos. Él visitaba todas las parroquias y dirigía personalmente asuntos que antes
habían estado encomendados a sirvientes.
Andrés Corsini fue un buen obispo, curiosamente con muy buena mano, él que había sido
el rey de los pendencieros para solucionar de modo pacífico, con caridad y persuasión,
las diferencias más graves y llevar la concordia donde había enemigos. Hasta el punto de
que fue legado papal en Bolonia como hombre de paz.
Lleno de méritos murió el 6
de enero de 1374 y muy pronto empezó a tributársele culto. Su cuerpo se conserva en la
Capilla a él dedicada en el Carmen de Florencia. En la Basílica de San Juan de
Letrán. de Roma también tiene dedicada una capilla muy bella.
Aunque, después de su muerte, su antigua fama de violento debía de ser tal que
aseguraban haberle visto duran te la batalla de Anghiari - la que pintaron Leonardo y
Miguel Ángel - cabalgando por el cielo como Santiago en Clavijo para dar la victoria a sus
compatriotas.
SAN EULOGIO DE
CÓRDOBA S.IX
"Si quieres que tu oración vuele
hacia Dios, ponle dos alas: el ayuno y la limosna". Así repite a San Eulogio de
Córdoba, su maestro en el espíritu, el abad Esparaindeo - que gobernaba el monasterio de
Santa Clara, cerca de Córdoba -. A sus 25 años, es ya San Eulogio un destacado sacerdote
de la iglesia de San Zoilo.
Eulogio, junto con otros
compañeros también discípulos del abad Esperaindeo puso como meta de su vida la
restauración en Andalucía de la cultura isidoriana sofocada por la invasión de los
árabes pero mucho más aún el robustecimiento de la fe necesaria para aguantar sus
embates aniquiladores. Contribuyó a ellos, además de con su propia sangre (859), con su
inflamada oratoria, con sus variados escritos - como el Documento martirial, destinado a
sostener el ánimo de las vírgenes Flora y María que parecía flaquear - y con todo el
testimonio de su vida. Nacido de una familia de la civitas patricia (hacia el año 800),
se consagró pronto al servicio clerical. A pesar de la fuerte irradiación de su
personalidad, Eulogio tendía más bien a la quietud de la vida contemplativa, sintiendo
en su humildad una impresionante carencia de méritos: «Tenía miedo, confiesa, de mis
obras; mis pecados me atormentaban. Apenas me atrevía a mirar al cielo por el peso de mi
conciencia».
San Eulogio quiere
peregrinar a Roma. «Todos nos opusimos a aquel proyecto; y al fin logramos impedirlo,
pero no convencerle", escribe San Alvaro de Córdoba.
Años más tarde, la familia desconoce el
paradero de dos de sus hermanos, dedicados al comercio por las tierras del Rhin y San
Eulogio sale en su busca. No puede cruzar el Pirineo oriental, por las guerras entre los
hijos de Ludovico Pío, y lo intenta por Pamplona. Tampoco hay paso, por Roncesvalles,
entre los vascones de este lado del Pirineo y los gascones del otro. Pero como, ya en
Zaragoza había recibido noticias tranquilizadoras, por medio de unos mercaderes, se
dedica el año 848 a recoger en Leyre, Siresa, San Zacarías y otros monasterios de
Navarra y Aragón, manuscritos y ejemplos de cristianismo.
De sus múltiples visitas a los
monasterios fue formando una colección de libros preciosos para el y para su obra de
difusión de cultura: obras de Porfirio, Horacio, Juvenal, San Agustín... A su vuelta a
Andalucía creó escuelas y estudios, formó librerías y se convirtió en una especie de
padre cultural y espiritual de la comunidad cristiana cordobesa.
Poco después de su regreso, al
finalizar el reinado de Abderramán II, sobreviene en Córdoba un decenio de mártires. En
su defensa, escribe San Eulogio el Memorial de los Mártires; y es encarcelado con el
obispo de Córdoba, y otros muchos en el 851, mientras componía su Memorial de los
Mártires, aprovechando su encierro para orar, escribir y estudiar las reglas de la
prosodia latina, que se habían olvidado en España con la invasión árabe.
Al salir, prosigue su apostolado con igual decisión. Se le considera el gran Doctor de la
Iglesia mozárabe. El año 858 es nombrado arzobispo de Toledo, aun cuando no llegaría a
detentar el cargo por no contar con la necesaria aprobación del emir. Apresado nuevamente
murió el 11 de mayo del 859 a las tres de la tarde, decapitado, corona su vida con el
martirio.
OTROS SANTOS:
Andrés Corsini, obispo; Pedro y
Marcelino, obispos; Antonio, presbítero y mártir; Basilisa, y Marciana,
vírgenes: Vidal, Revocato, Fortunato Julián, Anastasio, Celso, Marcionila,
Epícteto, Lucrecia, Jocundo, Segundo y Félix, mártires; Eustracio, monje; Beata
Alexis le Clerc, religiosa.
