Eran dos hermanos--ambos varones, aunque el nombre del
segundo de ellos puede inducir a equívoco--naturales de Brescia, en la Lombardía;
«modestos, virtuosos y unidos entre sí con el vínculo de una hermanable caridad», una
vez Faustino ordenado de sacerdote y Jovita de diácono, se dedicaron a predicar la fe
cristiana, consiguiendo numerosas conversiones.
Cuando sobrevino la persecución, ésta empezó a manifestarse suavemente, con más
halagos y promesas que amenazas; si daban culto a los dioses del Imperio tendrían altos
cargos y fortuna, mando y dinero, lo más deseable que se podía alcanzar en este mundo, y
confiando en la impresión que sin duda iba a causarles la riqueza y grandiosidad del
Templo del Sol, fueron llevados allí para que admiraran lo magnífico que era aquel dios
al que se les pedía adorar.
La estatua del Sol presidía soberbiamente el lugar, toda de oro, guarnecida de piedras
preciosas y luciendo en la cabeza muchísimos rayos de oro fino, como una corona sin igual
de opulencia y poder. El sol que da luz y vida simbolizado por el oro, rey de los metales,
un compendio visible de la idolatría más convincente.
Por toda respuesta Faustino y Jovita se pusieron a orar, y en el acto la estatua se
cubrió de hollín y los áureos rayos de la cabeza se convirtieron en el más negro
carbón; y cuando los servidores del
templo iban a limpiarla para devolverle su antiguo esplendor se les deshizo en las manos
hasta quedar reducida a cenizas.
Como castigo por aquel incalificable sacrilegio de transformar la riqueza en polvo, los
dos cristianos fueron entregados al verdugo, y se les degolló junto a una puerta de
Brescia que da al camino de Cremona.
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SAN CLAUDIO DE LA COLOMBIERE +1683
La "llamada" a la vida religiosa es un misterio. El
Señor se sirve de miles de caminos para conseguir lo que quiere. El pequeño Claudio
había recibido una muy esmerada educación cristiana de aquella familia que en los Anales
de la Visitación se llama "familia de santos", especialmente de parte de su
buena madre que con visión profética le dijo en el lecho de muerte: -"Hijo mío,
tú tienes que ser un santo religioso".
A pesar de ello, como después él mismo escribirá en sus apuntes espirituales, no
era este el género de vida por el que sentía inclinación Claudio, más bien todo lo
contrario. Escribió: «Cuando me hice religioso tenía una grandísima aversión a la
vida que iba a abrazar. Los planes que se trazan para servir a Dios, nunca se realizan
sino a costa de grandes sacrificios. He ingresado en la Compañía de Jesús por el
aprecio que siempre he tenido de sus Reglas; y por haber visto que los Superiores saben
exigir de tal manera su observancia, que estoy persuadido ser cosa fácil santificarse uno
mismo y ayudar con la palabra y el ejemplo a la santificación de los demás ».
A sus dieciocho años, el 1658, ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús
en la ciudad de los Papas, Aviñón. El Maestro de novicios dio al P. Provincial este
informe del joven novicio Claudio: "Es un joven con una prudencia superior a lo que
corresponde a su edad. De juicio sólido, de rara piedad y las más altas virtudes no le
parecen excesivas a su fervor". Durante el año de la tercera Probación hizo el voto
de guardar con exactitud todas las Reglas y Constituciones de la Compañía, y añadió:
"Hago el propósito firme de cumplir cuanto me sea posible con toda fidelidad todos
los deberes de mi estado y ser fiel al Señor aun en las cosas más mínimas; romper de un
golpe y para siempre las cadenas del amor propio, quitándole toda la esperanza de ser
alguna vez tenido en consideración; adquirir en poco tiempo los méritos de una vida
larga; reparar las irregularidades pasadas; dar a Dios una prueba de gratitud por las
infinitas gracias recibidas, y hacer de mi parte cuanto pueda para ser de Dios sin reserva
alguna"...
Mientras su alma se transforma, otra alma gemela, la futura Santa Margarita María de
Alacoque recibe durante una visión este aviso que tanta alegría proporciona a su alma:
"No temas, muy pronto te enviaré a mi amigo y siervo fiel para que guíe tus pasos y
te ayude en la misión que te voy a encomendar".
Hechos los votos solemnes el 2 de febrero de 1675, fue enviado como superior a la
Casa de la Compañía en Paray-le-Monial. Allí, en el convento de la Visitación estaba
de religiosa Margarita María de Alacoque que ya había recibido especiales luces de lo
alto... pero se sentía temerosa si aquello era o no de Dios... Pronto fue a visitarles el
nuevo superior jesuita y al verlo oyó como una voz interior que le decía a Margarita:
"Ese es mi amigo fiel que te traigo para que te ayude en la misión que te tengo
encomendada"... Poco después le abría "su alma totalmente, tanto lo bueno como
lo malo..." Escribió después la Santa: "El padre tuvo que sufrir mucho por mi
causa. Decíase que yo pretendía engañarle con mis ilusiones, pero él no se preocupaba
de las habladurías y no dejó de ayudarme mientras estuvo en la ciudad y no ha dejado
nunca de ayudarme"...
Lo mismo en Avignon que en París y Lyón, se esfuerza por "ser fiel al Señor
aún en las cosas más pequeñas, adquirir en poco tiempo los méritos de una vida
larga... y ser de Dios sin reserva alguna".
Como Superior de Paray-le-Monial, impulsa el año 1675 la consagración de la vida y de
los hombres a Cristo todo Corazón, con un amor pleno y reparación máxima de las faltas
a ese amor; como corresponde a un "siervo fiel y amigo perfecto"; y con los
mismos ideales de Santa Margarita María de Alacoque.
Esta devoción al Corazón de Jesús tiene ocasión de difundiría en Inglaterra, hasta
que su apostolado se trunca violentamente, al ser detenido y torturado en la Torre de
Londres.
Por la intervención del Rey de Francia le es conmutada la pena de muerte por el
destierro; pero sólo para morir con 43 años en Paray-le-Monial, tras aquellos
sufrimientos; a su juicio "una de las mayores misericordias que Dios le había
concedido".
OTROS SANTOS: Saturnino, Cratón, Cástulo, Lucio, Magno, Ágape, y Mayor, mártires; Quinidio, Sigfrido y Decoroso, obispos; Severo, presbítero; Georgia, virgen; Drutmaro y Beraquio, abades.
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