7 DE JULIO
SAN FERMÍN S. IV
Como recuerda una canción popular
y bullanguera, su fiesta se acompaña con estrépito, el santo de Pamplona trae algazara y
jubilosas celebraciones, mientras los eruditos discuten aún sobre el lugar de su
nacimiento y el tiempo en que vivió. ¿Pamplonés o del sur de Francia, murió en el 303
o mucho antes?
No hay pruebas concluyentes en favor de ninguna teoría, pero la tradición le supone de
Pamplona (nacido tal vez donde hoy se levanta la iglesia de San Lorenzo), e incluso da los
nombres de sus padres, Firmo y Eugenia, que vivían en una ciudad todavía pagana por
completo.
El obispo de Tolosa del Languedoc, san Saturnino, envió a Pamplona a un apóstol cuyo
nombre era Honesto, y algo más tarde el propio san Saturnino visitó la ciudad navarra y
bautizó allí a los primeros cristianos con el agua de un pozo cuyo emplazamiento está
señalado en una calle pamplonesa.
Fermín, recién bautizado, se instaló en la Tolosa francesa, donde se le ordenó y
finalmente se le consagró primer obispo de Pamplona. Luego se dedicó a evangelizar las
Galias, estuvo en Beauvais, en la Picardía y en los Países Bajos, y fue decapitado en
Amiens. Siglos más tarde se descubrieron sus restos, y parte de sus reliquias fueron
llevadas a Pamplona, donde desde fines del siglo XVI su fiesta se celebra el 7 de julio.
En Amiens- Ciudad que también le tiene por patrón - y en el resto de la Iglesia
universal es conmemorado el 25 de septiembre, pero en Pamplona San Fermín no es un día
de otoño sino de comienzos de verano, una fiesta estival en la que el ruidoso folclore
contribuye a la gloria del primer obispo navarro que fue a morir por la fe tan lejos de su
patria.
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7 DE JULIO
BEATO PIER GIORGIO FRASSATI 1901-1925
A veces
pensamos que si realmente fuéramos a comprometernos espiritualmente, tendríamos que
abandonar todo lo que amamos. Después de todo, nadie fue nunca canonizado por comer todo
el chocolate que quería. Parafraseando a San Agustín, estamos inclinados a orar «hazme
un santo; pero aún no».
El Beato Pier Giorgio Frassati era joven, hermoso y aficionado a esquiar y a los puros
baratos. Escalaba montañas, cantaba desafinado y se enamoró. También asistía a la misa
diaria y frecuentemente se pasaba toda la noche rezando. El Papa Juan Pablo Il lo llamó
«hombre de las Beatitudes». Sus amigos lo llamaban el santo con un cigarro puro. El
Beato Pier amó cada momento de su corta vida. (Falleció de polio cuando sólo tenía
veinticuatro años.) «Es la certidumbre de una vida mejor en el más allá si obramos
haciendo el bien», decía, «así que vayamos al trabajo, permaneciendo unidos, y
confortándonos unos a otros, y animándonos entre nosotros en el camino del bien».
El Beato Pier tal vez viviera con sus ojos fijos en el cielo, pero sus pies estaban
firmemente plantados en tierra (excepto mientras escalaba montañas). Asistía al teatro y
la ópera, aunque compraba entradas baratas a fin de tener dinero que dar a los pobres.
Por el mismo motivo, viajaba en tercera clase en los trenes. Estudió en la universidad,
se involucró en la política, hacía bromas prácticas... y no dejaba de ser santo.
Ser un santo no significa que debamos dejar de hacer lo que amamos; significa meramente
hacer con amor todo lo que amamos
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