10 DE MARZO
SAN JUAN DE OGILVIE 1579-1615
Es la Inglaterra de Shakespeare, entre los
reinados de Isabel la Grande y Jacobo I, cuando el teatro es una fiesta inmortal, la corte
resplandece y a golpes de audacia y de aventura nace un gran imperio. Una Inglaterra
brillante y despótica que rebosa sangrientas intrigas y que persigue a los católicos.
Escocia, a la que el calvinista Knox ha hecho adusta y férreamente presbiteriana, se
distingue por su odio al papismo, y el señor de Ogilvie, noble escocés adherido a la
Reforma, teme que su esposa, que es católica en secreto, pueda influir en las
convicciones de su hijo John y decide que lo mejor es que a partir de los trece años se
eduque en el continente, rodeado de hugonotes franceses.
Allí es precisamente donde conoce el catolicismo, en Lovaina abraza lo que ahora se llama
en su país «la antigua fe», luego se hace novicio jesuita, en 1601 ya pertenece a la
orden y en 1610 es ordenado en París. Su primer destino será Ruán, pero él sueña con
volver a su tierra desafiando la persecución, y en 1613 desembarca en Edimburgo bajo el
nombre supuesto de Watson y fingiéndose capitán.
Pronto se hace un nombre de heroísmo,
entre los católicos de Escocia, "el capitán Watson"; lo mismo en el norte, que
en Edimburgo, o en Glasgow.
Su trabajo fructifica.
Sigue un período breve pero muy intenso de disfraces, escondrijos, misas en la
clandestinidad y arriesgadísimos auxilios espirituales a los diezmados fieles, hasta que
una traición le pone en manos de su mayor enemigo, el arzobispo Spottiswood, quien
recurre a todos los medios para hacerle apostatar.
Amenazas, halagos, torturas (que le dejan cojo), privarle del sueño durante más de una
semana y hasta ofrecerle a su hija en matrimonio, además de una sustanciosa prebenda, si
renunciaba al catolicismo.
Estaba haciendo oración cuando se le comunica que le ha llegado el momento de ser
ahorcado. Saluda, anima y perdona al verdugo; y se deja atar las manos.
Alegre y en oración, se dirige a la horca; la besa.
Si se aparta de la fidelidad al Papa, se le promete finalmente un importante cargo; y
además la hija del arzobispo presbiteriano. Ogilvie replica sonriente: Prefiero la horca.
Vuelve a orar de rodillas, se levanta, y proclama ante todo el pueblo: "Muero
únicamente por causa de mi religión católica; y por ella, yo daría muy a gusto cien
vidas; quitadme la única que tengo; ya que mi religión jamás me la podréis
quitar".
Se le canonizó en 1976.

SANTA ORIA 1042-1070
Santa Oria nació
en Villavelayos, provincia de Burgos. Sabemos que sus padres se llamaban García Nuño y
Amunia. Fue su maestro y padre espiritual Don Munio, que escribió su vida en latín, y
luego tradujo en sonoros versos alejandrinos Gonzalo de Berceo. Una vida digna de
crédito, pues, según el poeta, ni por un rico condado hubiera consentido mentir: En todo
cuanto dijo, dijo toda verdad.
El mismo nombre de Oria - Aurea, Dorada - era ya todo un presagio de rica calidad:
"Como era preciosa, más que oro preciada, nombre avía de oro: Oria era
llamada". Son deliciosos los versos de Berceo: "Era esta manceba de Dios
enamorada, más quería ser ciega que verse casada". Prefería las "horas"
litúrgicas más que otros cantares y oír a los clérigos más que a otros juglares.
"Desque mudó los dientes, luego a los pocos annos, pagábase muy poco de los
seglares pannos". Sentía envidia de María, la hermana de Lázaro. Como ella,
pasaría la vida junto al altar, a los pies de Cristo.
Un día se puso en romería y llegó al monasterio de San Millán de la Cogolla. El prior
se llamaba Domingo, y más tarde fundaría la abadía de Silos. Oria cayó a sus pies y le
pidió consejo para vivir separada del mundo y entregada a Dios. "Sennor, Dios lo
quiere, tal es mi voluntat, prender orden e velo, vivir en castidat, en rencón encerrada
yacer en pobredat, vivir de lo que diera por mí la christiandat".
Después de encargarle el prior que pensase mucho el paso que iba a dar, y de insistir
Oria en su empeño, Domingo accedió y le dio el hábito de esposa de Cristo. Los
albañiles abrieron un hueco en el muro de la iglesia de San Millán de Suso, el de Arriba
- donde también estuvieron enterrados los Siete Infantes de Lara - frente al altar mayor
y al coro donde cantaban los monjes, y allí fue encerrada la intrépida doncella Oria.
Eran tiempos de heroicidades. Había
personas que no se contentaban con encerrarse en un monasterio. Querían todavía más
rigidez. Se encerraban en celdas increíblemente pequeñas, donde a veces no cabían de
pie, para no salir más. Sólo abrían un ventanillo que diera al altar. A veces acudían
gentes a pedirles consejo. Pero normalmente su soledad era total, sólo interrumpida por
la lucha con los demonios y por su trato con los ángeles. Las mujeres fueron las más
generosas para esta prisión voluntaria. Se llamaba las emparedadas, y todavía queda el
recuerdo de su heroísmo.
"Ovo grant alegría" cuando se le concedió, dice la copla. No se asustó Oria
del estrecho emparedamiento. Todavía se contempla hoy y no sin cierto escalofrío. Los
días y las noches se le pasaban rezando, leyendo las Sagradas Escrituras y vidas de
Santos. Aconsejaba a los que acudían a ella. Hacía las hostias para la Misa, cosía
casullas para la iglesia, rezaba los salmos cuando los monjes "et la su oración
foradaba los cielos".
Después de tan austera reclusión Oria cayó enferma. La misma Señora de los cielos le
avisó su muerte. Acudió a atenderla Don Munio. Llegó la noche, Oria levantó la diestra
y se hizo la señal de la cruz y luego "alzó ambas las manos, juntólas en igual,
como quien rinde gracias al buen rey celestial, cerró ojos e boca la reclusa leal, e
rindió a Dios la alma: nunca más sintió mal". Y pasó de su encierro por Dios al
paraíso con Dios.
SAN MACARIO S, IV
De
Judea destaca por su amor a Cristo, como obispo de Jerusalén, llamada entonces Elia
Capitolina.
El lleva a término las excavaciones, para descubrir el Calvario, la Cruz y el Sepulcro
del Redentor, enterrados en tiempos del emperador Adriano.
Ya el año 324 deseaba Constantino restaurar los recuerdos santos del Redentor en
Palestina. Un año más tarde, San Macario habla de ello con e] emperador Constantino con
motivo de las solemnidades del Concilio de Nicea.
Al regreso del Concilio, San Macario realiza su gran obra. que con tanta devoción
visitará Santa Elena.
Otros Santos: Cayo, Alejandro, Víctor, Codrato, Cirión, Cándido, Dionisio, Pablo,
Cipriano, Crescente, Anecto, mártires; Simplicio,
papa; Atalo y Droctoveo, obispos.