6 DE NOVIEMBRE
SAN SEVERO 304
Todos los barceloneses
conocen la iglesia de san Severo, pequeña joya barroca muy cercana a la catedral que fue
uno de los escasísimos templos de la ciudad que se salvaron de las destrucciones de 1936.
Está en la calle del mismo nombre, donde según la tradición vivía el santo, y el padre
Villanueva afirma en su Viaje literario haber visto en esta iglesia una piedra con
la inscripción: "Haec est domus sancti Severi episcopi et martiris», ésta es la
casa de san Severo, obispo y mártir.
Nada cierto se sabe de la primera parte de su vida, y la leyenda de que fue un humilde
tejedor sobre cuya cabeza se posó una paloma como signo de elección para el episcopado
suele considerarse sin fundamento. Sin duda era ya sacerdote cuando hacia el año 300 se
le consagró obispo de Barcelona, gran obispo que los textos antiguos describen como
"humilde, puro, sabio, prudente y magnánimo", resumiendo en estos adjetivos el
ideal de pastor de almas.
A comienzos del siglo IV estalla la tormenta de la persecución de Diocleciano, y el
prefecto Daciano llega a la ciudad para extirpar el cristianismo. Severo y dos de sus
diáconos van a refugiarse al otro lado de las montañas, en el Castro Octaviano (hoy San
Cugat), y en su camino de huida les presta ayuda un labrador, San Medín, donde hoy una
ermita, lugar de tradicionales romerías barcelonesas, recuerda el milagro de unas habas
milagrosamente crecidas para desorientar a los perseguidores.
En San Cugat el obispo se entrega a los soldados, que para intimidarle decapitan a san
Medín y a los diáconos; luego le tientan ofreciéndole riquezas y honores a cambio de
renegar de su fe, y al verle inconmovible le hunden a mazazos un gran clavo en la cabeza
(por eso se acostumbra a invocarle contra las jaquecas y neuralgias).
San Pedro Nolasco, el rey Martín el Humano - a quien su intercesión curó una pierna
gangrenada - y Fernando el Católico fueron devotos de este santo.