17 DE OCTUBRE
SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA 107

San
Ignacio de Antioquía firmaba el 24 de agosto la carta que escribía, hacia el año 110, a
los cristianos de Roma, a la Iglesia «que preside en la caridad», suplicándoles que no
hicieran valer su dignidad para alejarle del martirio: «Dejadme que reciba la luz pura.
Mi deseo terreno ha quedado crucificado, y ya no queda en mí sino un agua pura que
murmura: Ven hacia el Padre», «Contentaos con pedir que tenga fuerza, a fin de que sea
cristiano no sólo de nombre, sino en la realidad». Antes de los dos meses - el 17 de
octubre, si atendemos al Martirologio oriental - era «molido por los dientes de las
fieras a fin de llegar a ser blanco pan de Cristo». Al tratar de Ignacio de Antioquía no
es que se hable de él, se le escucha, puesto que confió a las páginas que escribió
camino de su martirio uno de los más hermosos cantos que jamás hayan salido de un
espíritu humano. Himno de amor a Cristo y a su Iglesia; Ignacio nunca separa ambas cosas.
Para él la señal infalible del amor de los bautizados hacia el Señor y la presencia del
Espíritu en ellos consiste en la unidad de cada una de las Iglesias en torno a su obispo,
y la de todas ellas en la única Iglesia: «No tenéis que tener sino un solo sentir con
vuestro obispo», escribe a los Efesios. Les felicita, por otra parte, pues se encuentran
estrechamente unidos, «como la Iglesia lo está con Jesucristo y Jesucristo con su Padre,
dentro de la armonía de la unidad universal.»Muy famoso entre los primeros mártires,
quizá sirio de origen, probablemente discípulo de los apóstoles, y el cristiano de
mayor reputación en tierras de Oriente después de la muerte de san Juan. Por eso debió
de ser llamado como obispo a la sede de Antioquía, que había presidido el propio san
Pedro.
Una tradición supone que era el mismo niño que en el capítulo dieciocho de san Mateo
llama Jesús para ponerle como ejemplo ante sus discípulos: «En verdad os digo que si no
os volvierais y os hiciereis como niños ... »; pero esto, además de ser incomprobable,
huele demasiado a leyenda piadosa de la más cándida hagiografía.
La verdad de san Ignacio no está en esta identificación ni en otros episodios más que
dudosos, sino en el hecho bien documentado de su largo viaje hasta la muerte, después de
su condena, desde Antioquía a Roma, pasando por las costas de Asia Menor y Grecia, con
una parada en Esmirna.
Su destino era morir en el circo romano para celebrar los triunfos del emperador Trajano
en la Dacia, y en el curso de la navegación escribe cartas que son uno de los testimonios
más impresionantes de la fe ante el martirio que nos ha legado la Iglesia primitiva; en
especial la que dirige a los fieles de Roma, pidiéndoles que no intercedan por él a fin
de que «nada me impida ahora alcanzar la herencia que me está reservada».
Custodiado por feroces guardias, «los diez leopardos», como él dice, Ignacio, sin
alardes de jactancia ni gestos estoicos, ve la vida y la muerte como cosas entregadas, que
casi no le pertenecen.
Otros Santos:
Víctor, Alejandro, Mariano y
Mamelta, mártires; Florencio y Rodolfo, obispos.
